A través de toda la historia sagrada, Dios se reveló a sí mismo como una persona que habla. En la mayoría de esas instancias Dios al hablar, invitaba a sus oyentes, a participar en la conversación puesto que sin un diálogo, entre el expositor y el oyente, no hay una verdadera comunicación. Los evangelios registran que la predicación de Jesús era eminentemente participativa con sus oyentes; a él le encantaba dialogar con sus oyentes. Los apóstoles siguieron el mismo método, en la exposición del mensaje evangélico, y la iglesia primitiva continuó con la misma dinámica comunicativa. En la actualidad, los predicadores de la Palabra, debieran de buscar la manera de involucrar más a sus oyentes, a fin de que el entendimiento de ella sea más efectivo.